La actividad física es una tarea que no reconoce barreras relacionadas con la edad. Se reconocen abiertamente sus efectos beneficiosos en niños y adolescentes, en quienes se estimula el crecimiento y se obtienen ventajas hormonales y físicas para la edad adulta. En el otro extremo de la vida, las conclusiones son muy semejantes.
En efecto, la gimnasia en la tercera edad es al mismo tiempo una herramienta social y un recurso terapéutico. Su condición social se debe a que la mayor parte de los ejercicios físicos en las personas mayores de 65 años se realizan en forma comunitaria y, en muchos casos, sin distinción de sexos. Las actividades más destacadas incluyen la gimnasia rítmica, las tareas de elongación y fortalecimiento de la propiocepción (equilibro), la danza, el yoga y el aquagym.

Por otra parte, los efectos terapéuticos son indiscutibles. Además de estimular los circuitos neuronales, la gimnasia en la tercera edad se asocia con ventajas en el rendimiento físico, intelectual, sexual, cognitivo y social. La aplicación de escalas de evaluación de la calidad de vida relacionada con la salud permite identificar los contundentes beneficios de la actividad física. Asimismo, se observa control de la presión arterial, optimización de la diabetes y descenso de los niveles de colesterol y triglicéridos, así como reducción de la masa grasa e incremento de la masa magra y ósea tanto en varones como en mujeres.
Por lo tanto, en todos los casos posibles, y con los entendibles reparos individuales vinculados con las limitaciones de cada persona, es apropiado estimular la realización de gimnasia y actividad física en todos los ancianos. Las ventajas exceden en forma definida a los potenciales riesgos y los beneficios sobre la autoestima se reconocen en forma completamente independiente de factores económicos, raciales, sociales, demográficos, o asociados con las enfermedades subyacentes.
Foto: Hermandad de Jubilados
