Se ha señalado en forma persistente desde hace décadas que la actividad física en sus diferentes variantes constituye un factor de buen pronóstico en todas las edades, en asociación con variados beneficios para la salud mental y física de las personas.
En el caso particular de los niños y los jóvenes, estas ventajas han adquirido una importancia aún más relevante en tiempos en que los recursos informáticos, más allá de su indudable utilidad, han sido una variable generadora de sedentarismo y reducción ostensible de la actividad física en todas sus formas.

En los menores de 15 años, la gimnasia (incluidas las caminatas, la educación física básica y todas las prácticas deportivas individuales y colectivas) mejora la densidad mineral ósea, optimiza el rendimiento muscular y mejora el metabolismo de los hidratos de carbono con reducción del riesgo de diabetes y dislipidemia. De todos modos, el mayor de los beneficios consiste en que el ejercicio es uno de los más poderosos estímulos que se conocen para la secreción de la hormona de crecimiento (somatotrofina), por lo cual los niños que efectúan actividades deportivas crecen de manera más completa y armoniosa que los pequeños en los que predomina el sedentarismo.
De manera casi paradójica, el otro factor asociado con mayor secreción de somatotrofina es el sueño. Así, el descanso reparador y el ejercicio físico se conjugan para asegurar el mejor nivel de crecimiento y el desarrollo corporal preciso y adecuado, con ventajas para la etapa puberal y con beneficios para la evolución psicológica y social en la edad adulta. El estímulo del deporte en los niños, por lo tanto, excede los simples límites de la salud somática y constituye un vehículo de bienestar en otros aspectos fundamentales de la vida cotidiana futura.
Foto: Pequeña Psicopedagoga
