Los desgarros son sin dudas las lesiones más temidas por deportistas profesionales y aficionados, tanto por el dolor que precipitan como por las limitaciones que imponen para la práctica de ejercicio.
Los músculos están integrados por fibras, esto es, estructuras longitudinales con capacidad para contraerse y estirarse. Estas fibras, pese a su elevado contenido de agua, incluyen también proteínas que le otorgan sus propiedades elásticas y su estado de semicontracción permanente que se conoce como tono. Estas particularidades convierten al músculo en un órgano pausible de padecer verdaderas rupturas, las cuales se denominan desgarros.

Si bien existen muchas causas de desgarros, vale reconocer que entre las causas predisponentes de mayor relevancia para deportistas amateurs y para atletas profesionales se mencionan el precalentamiento inapropiado, el déficit de agua y minerales (potasio y magnesio, en especial), la exigencia excesiva, los movimientos desmedidos en relación con el objetivo deseado y el consumo de sustancias como los anabólicos. Por lo tanto, la prevención incluye la correcta hidratación y consumo de alimentos ricos de minerales básicos, la entrada en calor apropiada, la coordinación prolija de los movimientos y la apropiada elongación posterior al ejercicio.
Por otra parte, cuando un deportista presenta un desgarro, la afección puede deducirse mediante el examen clínico, pero en general requiere de la confirmación por medio de una ecografía. Al confirmarse la sospecha, es esencial guardar reposo para evitar que la lesión se agrave y asegurar la recuperación en tiempo y forma. Dado que no existe reproducción de células musculares a partir del nacimiento, el músculo perdido es sustituido por tejido fibroso, por lo cual todo desgarro deja una secuela funcional, que suele ser mínima o imperceptible cuando se respetan las pautas de recuperación.
Foto: Ecografía Especializada
